¿Por qué los programas de prevención han de centrarse especialmente en la violencia psicológica?


16 May
16May

En general, existe un cierto consenso en torno a las formas que puede adoptar la violencia de género: violencia física, sexual, psicológica y económica.

Sin embargo, la violencia psicológica ha ocupado un segundo plano en las investigaciones sobre violencia de género, siendo el principal foco de atención la violencia física. ¿Por qué existe este vacío en los estudios sobre la violencia psicológica? 

En primer lugar, por la falta de consenso en cuanto a la definición de violencia psicológica y las dimensiones que la componen, lo que añade mayor dificultad a su medición frente a la de la violencia física. Otro motivo es que el estudio de la violencia psicológica por si sola distorsionaría una problemática en la que las diferentes formas de violencia coexisten. Por último, no suele otorgarse la misma relevancia a las consecuencias derivadas del abuso psicológico que de la violencia física, minimizando su importancia en el estudio de la problemática. En este post vamos a centrarnos en explicar los dos últimos motivos.

Estudiar la violencia psicológica de forma independiente o hacerlo conjuntamente con la violencia física generó un debate en la comunidad científica que parece haber sido superado: la violencia psicológica juega un papel clave en la evolución de la violencia de género, y, solo por ello, merece ser estudiada independientemente. La violencia psicológica está mucho más presente que la violencia física en las relaciones abusivas, siendo la forma más prevalente de violencia experimentada por mujeres y chicas adolescentes. De hecho, los estudios tanto en población adulta como adolescente demuestran que en un porcentaje considerable de las relaciones abusivas está presente sin necesidad de que se produzca violencia física o sexual, y, cuando se produce, la violencia psicológica fue precursora y además coexistió con las otras formas de violencia.

En un estudio llevado a cabo en 2003 con 3.370 víctimas de violencia de género, se halló que en el 80% de los casos, la violencia psicológica precedió a la violencia física y raramente esta última tenía lugar en exclusiva. En las conclusiones se consideró que la violencia física era un reforzador de la eficacia de las estrategias de abuso psicológico y, probablemente, uno de los motivos, junto al debilitamiento de los recursos personales, por los cuales la violencia psicológica es considerada un factor de riesgo para el mantenimiento en la relación.

En la adolescencia, no solo la presencia de violencia física es menor a la psicológica, sino que suele ser más leve (bofetadas, empujones, enganchones) de la que se produce en la etapa adulta. Sin embargo, la violencia explícita no es necesaria, porque también es violencia la amenaza de emplearla, como ocurre en la adolescencia. Además, hemos de tener en cuenta que, según distintos estudios, en contraposición a la prevalencia de la violencia física y sexual, que decrece con la edad, la violencia psicológica no solo es persistente, sino que su uso aumenta con la edad.

Uno de los principales problemas en la prevención de la violencia de género entre adolescentes radica precisamente en que estos suelen identificar violencia de género con violencia física y sexual, considerando que es una problemática propia de la etapa adulta y a la que, por tanto, son inmunes. Sin embargo, como acabamos de apuntar, la violencia psicológica suele ser la única forma de violencia presente en la pareja adolescente, o la que precede a episodios de violencia física. Además, es el tipo de violencia que, con mayor probabilidad, está presente desde los comienzos de una relación adolescente, y que menos se identifica. Por estas razones, el estudio y prevención de la violencia psicológica entre adolescentes es tan prioritario, independientemente de la violencia física.

Décadas atrás, la predominancia del estudio de la violencia física frente a la violencia psicológica se justificó, entre otras cosas, en la minimización o desvalorización de las consecuencias de sufrir esta última. Sin embargo, numerosos estudios concluyen que su impacto es igual o mayor en la salud de las mujeres: aproximadamente un 72% de las mujeres experimentan un abuso emocional más severo que la propia violencia física. Tal es el impacto en el bienestar de las mujeres que experimentar abuso psicológico predice el miedo a futuras agresiones mejor que la propia severidad de las agresiones físicas vividas anteriormente. Además, existe un claro vínculo entre abuso psicológico y consecuencias en la salud como trastorno por estrés postraumático, depresión, abuso de sustancias, baja autoestima o salud física pobre, incluso tras controlar los efectos de la violencia física. Y en concreto, las conductas de controlar/aislar y humillar/degradar han sido identificadas como las formas de violencia psicológica más empleadas, especialmente dañinas para la salud mental y física de las víctimas, y más fuertemente asociadas a violencia física. De este modo, las consecuencias psicológicas pueden generar dificultades en las víctimas para identificar las diferentes opciones y recursos que tienen para salir de la relación abusiva.

El abuso psicológico es, por tanto, perverso por si solo y tiene derecho propio a ser analizado como un elemento clave diferenciado de otras formas de violencia de género, especialmente en la población adolescente. Se trata de la forma más prevalente de violencia de género en la pareja, precede otras formas de violencia más evidentes e identificables para esta población, e impacta negativamente en la salud de las víctimas. 

Todo ello dificulta, además, la salida de una relación abusiva.

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