¿Por qué se diferencia la violencia de género de la violencia doméstica? Poniendo los puntos sobre las “íes"


11 Jan
11Jan


En muchas ocasiones se ha escuchado que la ley contra la violencia de género es injusta y discriminatoria porque los hombres también sufren maltrato y, sin embargo, a las mujeres les sale “gratis” maltratar. Estos mitos, que se convierten en falacias en boca de determinadas personas, se han vuelto a acentuar con los últimos acontecimientos políticos. Hablan de ideología de género seguramente para ocultar su ideología supremacista porque los datos sobre la prevalencia y las consecuencias de la violencia de género son hechos irrebatibles.

  

¿Una mujer puede ser condenada por maltrato? Sí, nuestro código penal recoge penas de prisión para toda aquella persona que ejerza maltrato de forma continuada hacia algún miembro de la familia (padres, abuelos/as, hermanos/as, hijos/as o pareja) o que convivan con la familia (por ejemplo, menores en acogida), independientemente del sexo o edad de la persona agresora. Es decir, sí se dispone de un código penal que permite condenar a las mujeres que maltratan a sus parejas. Hasta el 2004, las agresiones de los maltratadores hacia sus parejas mujeres también estaban reguladas por el mismo código penal. Entonces, ¿por qué se creó una ley contra la violencia de género?

La elevada prevalencia de la violencia de género, sus consecuencias, las dificultades y riesgos para salir de la relación y las desventajas que tienen las mujeres para reincorporarse al mercado laboral, a la vez que ejercen de cuidadoras y se protegen a ellas y a sus hijos/as de su expareja, requieren de medidas concretas que justifican la creación de la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Repasemos algunas cuestiones.

Las causas que se encuentran detrás de la violencia de género son diferentes de las causas que subyacen a la violencia de hijos/as a padres, contra las personas de tercera edad o de mujer a hombre. No existen las condiciones socioculturales e históricas necesarias para que una mujer maltrate a un hombre por ser hombre. Sin embargo, son siglos de historia en los que las mujeres hemos sido consideradas seres inferiores (física, intelectual y socialmente) y propiedad de nuestros maridos, cuestión que no se borra de un plumazo por tener derecho a voto o acceso al mercado laboral. Todavía se nos educa en rasgos (emocionales, pacientes, comprensivas…) y roles (cuidado del hogar y de la familia) que nos sitúan en una posición de dependencia de nuestra pareja. La prevalencia de la violencia de género es tan elevada, hasta tal punto que la OMS la clasificó como un problema de epidemia mundial.

Las consecuencias de la violencia machista contra las mujeres son muy diferentes a las de la violencia de mujeres contra los hombres, alcanzando la categoría de problema de salud pública. Ya en el 2002, la OMS reveló que la primera causa de pérdida de años de vida en mujeres entre 15 y 44 años era la violencia de género en la pareja, por encima de las guerras, los accidentes de tráfico o los distintos tipos de cáncer. Y el Consejo Europeo concluyó que en los hogares europeos la violencia de género por parte de la pareja, expareja o padre era la primera causa de discapacidad en mujeres entre 16 y 44 años. Como consecuencia, el coste sociosanitario de la violencia de género es descomunalmente superior al coste de la violencia de las mujeres contra los hombres (EIGE, 2014).

Mientras que los hombres son las mayores víctimas de violencia por parte de otros hombres desconocidos, las mujeres lo son de sus parejas, es decir de personas con las que conviven y crean familias. Esto genera condiciones de mayor vulnerabilidad puesto que por aprendizaje de rasgos, las mujeres hemos de tener paciencia y ser comprensivas con “el temperamento” de nuestras parejas. Por aprendizaje de roles, somos las responsables de cuidar a nuestra familia y mantenerla unida. Es decir, el género femenino nos subordina al hombre. Renunciamos a trabajar o avanzar en nuestra carrera profesional lo que nos vuelve económicamente más dependientes, nos perjudica a la hora de reincorporarnos al mercado laboral y, además, accedemos a puestos y salarios más precarios. Seamos honestos/as, el dinero no da la felicidad, pero sí que es necesario para nuestra supervivencia y la de nuestros hijos/as. Por tanto, sufrimos mayores barreras para salir de las relaciones violentas que los hombres.

Estas son solo algunas de las cuestiones que justifican que exista una Ley específica para la Violencia de Género. Algunos/as hablan de discriminación positiva, pero teniendo en cuenta lo expuesto, ¿no sería discriminatorio que no se adoptaran medidas para erradicar un problema de tal magnitud? ¿Por qué nadie cuestiona que nuestra ley contemple agravantes por discriminación por raza, clase social, etc.? Para aquellos/as que lo ponen en duda, nosotras somos las primeras interesadas en que ya no sea necesaria una ley contra la violencia de género. Pero hasta que cese la violencia de género y alcancemos una igualdad real y efectiva, lo discriminatorio sería no tenerla.

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